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En septiembre de 1994, Gobierno y sindicatos firmaron un nuevo acuerdo sobre las condiciones de trabajo en la Función Pública, valido para el periodo 1995-97. El contenido del texto abordaba cuestiones fundamentales para adaptar las condiciones de trabajo de los empleados públicos a los nuevos tiempos y sentaba las bases para la elaboración del Estatuto Básico de la Función Pública. El entonces titular del MAP, Jerónimo Saavedra, y las organizaciones sindicales, UGT, CC.OO., CSI-CSIF y la Confederación Intersindical Galega (CIG) establecieron un acuerdo en el que se recogía, entre otras medidas, el incremento salarial anual para los empleados públicos igual al IPC. En 1998 se firmaba también el I Convenio Colectivo Único para el Personal Laboral de la Administración General del Estado, con el objetivo de agrupar en un solo marco normativo a un colectivo muy numeroso y disperso. Este incipiente diálogo social en las Administraciones Públicas atravesó también por épocas críticas: especialmente relevantes fueron las movilizaciones sindicales contra el Gobierno del PSOE del 14 de diciembre del año 1988, exigiendo, en el contexto de una huelga general contra la reforma del mercado laboral, el reconocimiento del derecho a la negociación colectiva, la recuperación del poder adquisitivo y la cláusula de revisión salarial. Durante el primer gobierno del PP, se volvió a producir una gran protesta sindical en contra de la congelación salarial aplicada a los trabajadores de la Administración, que tuvo como consecuencia la huelga general del 11 de noviembre de 1996. Rotos los contactos entre la Administración y los sindicatos, en febrero de 1998, hubo un intento de encauzar el diálogo, cuando UGT, CC.OO. y CSI-CSIF firmaron un acuerdo que tuvo como fruto el anteproyecto de Ley del Estatuto Básico de la Función Pública que, finalmente, no llegó a ver la luz. En octubre de 2000, se volvió a hacer otra tentativa por recuperar la sintonía. El resultado fue que el Gobierno y los sindicatos CC.OO. y CSI-CSIF aprobaron una subida salarial igual al IPC, del 2%, y un incremento progresivo de las pagas extraordinarias. UGT, también presente en la Mesa General de la Función Pública, no se sumó al acuerdo, por considerarlo insuficiente. Grandes acuerdos A pesar de la conflictividad laboral reinante provocada por una nueva reforma laboral (el denominado “decretazo”), en noviembre de 2002, siendo Javier Arenas ministro de Administraciones Públicas, se firmó, para el periodo 2003-2004, un “Acuerdo Administración-sindicatos para la modernización y mejora de la Administración Pública” con un amplio abanico de medidas, entre las cuales se contemplaban ya algunas relacionadas con la conciliación de la vida familiar y laboral, además de otras relacionadas con la promoción, la formación y las mejoras sociales. En 2004, con el nuevo Gobierno del PSOE dirigido por José Luis Rodríguez Zapatero, se materializó el “Acuerdo Gobierno-sindicatos en el ámbito del Diálogo Social”. El entonces ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, las organizaciones sindicales UGT, CC.OO. y CSI-CSIF, y las organizaciones empresariales CEOE y CEPYME suscribieron un Acuerdo que incluía una “Declaración para el Diálogo Social en las Administraciones Públicas”. Se inició así un periodo de aplicación progresiva de medidas concretas que significaron, en paralelo, un avance en la mejora de las condiciones de trabajo de los funcionarios en distintos aspectos: retributivos, formativos, de promoción y, en particular, de fomento de la igualdad entre la mujer y el hombre, de conciliación familiar y laboral y de modernización de la Administración Pública. Igualdad de género En marzo de 2005, el Consejo de Ministros aprobó el “Plan para la Igualdad de Género en la Administración General del Estado”. Este plan contemplaba una serie de medidas para promover la igualdad de género en el acceso al empleo público y la promoción profesional de las empleadas públicas. También incluía las medidas para la conciliación de la vida personal, familiar y laboral de las personas que trabajan en la Administración General del Estado, el denominado Plan Concilia (en el que se contempla, por ejemplo, el teletrabajo), y medidas contra la violencia de género en la AGE. Todas estas mejoras sociales para los funcionarios públicos se recogieron y consagraron en el Estatuto Básico del Empleado Público de 2007, la reforma legislativa más importante acometida en el terreno de la Administración Pública desde la aprobación de la Constitución. La igualdad entre mujeres y hombres, y sus correlatos de protección integral de la mujer víctima de violencia de género y de conciliación de la vida personal, familiar y laboral, y el reparto de responsabilidad y tareas en el hogar, se convirtió en principio y eje de actuación del Gobierno para la Administración, con voluntad de iniciativa y de ejemplo para el resto de la sociedad. De esta manera se concibió la Ley Orgánica para la Igualdad Efectiva de Oportunidades entre Mujer y Hombre, de 2007. El diálogo social y la negociación colectiva en la AGE, en suma, ha sido un elemento clave para consolidar medidas sociales de gran calado, como la igualdad de géneros, la conciliación, la formación continua, el acceso a la sociedad de la información y, fruto de todo ello, la modernización de la Administración Pública. Víctor Martín |
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En el apartado relativo a la mejora de los servicios y la modernización administrativa, en el Acuerdo Gobierno-sindicatos se dice que la Mesa General de las Administraciones Públicas debe promover actuaciones y fijar pautas comunes, con respecto a la Evaluación del Desempeño Laboral, “que permitan establecer criterios generales para avanzar en la configuración de la carrera y promoción profesional del personal de las administraciones”. El objetivo es alcanzar una homogeneidad de criterios entre las distintas leyes de Función Pública, ya que estas normas, previstas en el Estatuto Básico del Empleado Público (EBEP), van a definir la configuración de la promoción personal del funcionario, y las modalidades de carrera profesional. Dichas modalidades serán efectivas a partir de la entrada en vigor de la nueva normativa y, por ello, el Acuerdo apremia a que la elaboración de la futura Ley de la Función Pública de la AGE esté lista a fin de que se inicie su tramitación como proyecto de ley en septiembre de 2010. Hay que tener en cuenta que el desarrollo e implantación de la carrera profesional beneficiará a más de 2.600.000 funcionarios, el total de empleados públicos que actualmente trabaja en las distintas administraciones.
Según explica la secretaria de Estado, “el Estatuto Básico del Empleado Público, en un necesario equilibrio entre normas generales y básicas y las potestades de autoorganización de las Administraciones Públicas, establece un sistema abierto de carrera profesional de los funcionarios públicos. Así, entre otras cuestiones, permite cuatro modalidades de carrera profesional, como son la vertical, la horizontal y la promoción interna vertical y horizontal”. En este sentido, una de las novedades de relieve que introduce es la promoción interna horizontal, que permite ascender a través de los niveles profesionales sin que el empleado tenga que cambiar necesariamente de puesto, ni abandonar su ámbito laboral habitual.
D. V. |
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Aunque ya había sido formulado por el Gobierno con anterioridad, en el Acuerdo se recoge el compromiso de impulsar la simplificación de plazos y procedimientos. Román señala que, probablemente, el mayor motor de simplificación administrativa en este momento es la generalización del acceso electrónico de los ciudadanos y empresas a la Administración. “Avanzamos con paso firme en la mejor comunicación de datos entre administraciones para evitar imponer trámites innecesarios o redundantes, para que el ciudadano no tenga que hacer de cartero”. Eso sí, la directora general insiste en que no basta con los medios tecnológicos e insiste en poner en cuestión de forma permanente la forma en que la AGE se relaciona con la ciudadanía, en cómo se puede facilitar la vida de las personas y la actividad de nuestras empresas. “Cada trámite, cada documento, incluso la misma forma de expresarnos en nuestros escritos debe tener en cuenta cómo lo van a percibir los interesados”, señala. “Lo mismo puede decirse de las normas que redactamos: para mejorar la calidad de la regulación hemos impulsado la elaboración de análisis de impacto normativo en todas las normas que se promuevan a partir del año que viene, insistiendo en este aspecto”.
Otra cuestión de enorme importancia si lo que se busca son unos servicios comprometidos con la calidad y la eficacia es la reducción de las cargas administrativas. En estos momentos se cierra una etapa en la que se ha recogido información sobre las cargas que la regulación y los procedimientos administrativos imponen a los ciudadanos y a las empresas. “Hemos contactado directamente con empresas para que nos transmitan sus expectativas y para que valoren, en euros, cuánto les cuestan sus relaciones con la Administración”, apunta Carmen Román. “De acuerdo con estos datos, estamos trabajando con las demás administraciones sobre la forma en que vamos a afrontar la reducción de las cargas administrativas. En gran parte, la tarea más importante es insistir en el cambio cultural que supone pasar de una Administración que autoriza con carácter previo la actividad privada a una que vela por la salvaguardia de los derechos de los ciudadanos y consumidores sin lastrar la productividad económica”. Y, según dice, entre todas las administraciones, “estamos en vías de cumplir con el objetivo del Gobierno de España de reducir en un 30% el total de estas cargas para el año 2012”. D. V. |
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