Pedro Zarraluki

"HAY PERSONAS ADMIRABLES, CAPACES DE PONER ARMONÍA A SU ALREDEDOR"
Pedro Zarraluki es uno de esos autores discretos, alejados de la pasarela cultural, y reconocido por quien debe serlo un escritor: la crítica y los buenos lectores. Prueba de ello son los premios que jalonan su trayectoria, como el Ojo Crítico o El Herralde. A ellos se acaba de sumar el que es, tal vez, el más prestigioso (véase la nómina) de los que se entregan en España, el Nadal, por su novela Un encargo difícil.
 
 
 
Repasando su currículum, da la impresión de que selecciona los premios a los que se presenta. ¿Hay alguno al que nunca se presentaría?
Ojalá pudiera seleccionarlos; pero, sí, uno se presenta a los premios que le hace ilusión ganar, y los que yo llevo ganados son de ésos. Pero no quiero hacer declaraciones maximalistas de cara al futuro; nunca digas de este agua no beberé ni este cura no es mi padre.

En todo caso, supongo que el Nadal es algo especial.
Sólo por algunos nombres que lo han ganado la lista asusta. He leído a la mayoría, y a unos cuantos en los años de mi formación. Por ejemplo, El Jarama de Sánchez Ferlosio lo tengo lleno de anotaciones; ganar yo el mismo premio cincuenta años después es algo que me da la vida.

“El tema de la memoria es fundamental. Europa debe recordar siempre la Segunda Guerra Mundial. Si el Tratado ayudara a que no hubiera una tercera guerra ya serviría de mucho”
Un encargo difícil podría ir encabezada con aquellos versos de Raimon: “En el año 40, cuando yo nací, creo que todos, todos habíamos perdido”.
Así es; la idea de la novela es que una guerra la pierde todo el mundo, y quería estudiar cómo algunas personas logran restituir la normalidad, cómo, en un mundo totalmente hundido, puede acabar celebrándose una fiesta de cumpleaños. Esa energía vital es lo que quería contar, el lado humano de las cosas, no el político.

El caso es que la guerra la pierden hasta muchos del bando vencedor, como se ve en algunos personajes de su novela.
La guerra la pierden todos y, además, la vida es muy complicada y muy cruel y difícil. La guerra causa tantos desastres que estar en el bando vencedor no te garantiza que te vaya bien en la vida. La guerra es el peor suceso que le puede acontecer a una sociedad, y más una guerra civil.

Los títulos más recientes que se ocupan de la Guerra Civil empiezan a dar una visión distinta de la que se daba hasta ahora. Los buenos y los malos no están repartidos de un modo tajante entre los dos bandos.
De una guerra no sale limpio nadie; en general, de la vida tampoco. Ahora estamos escribiendo quienes no vivimos la guerra ni la posguerra, y eso nos permite localizar historias en esa época (que es fundamental en la historia de nuestro país, no hay que olvidarlo) sin el dolor con que lo habrían hecho autores que la vivieron, de cualquier bando. Creo que la superación de estos momentos de crisis total se produce cuando la literatura los puede recoger como territorio narrativo sin deseo de ajustar cuentas. Pero el tema de la memoria es fundamental para mí, el no olvidar las cosas. Europa debe recordar siempre la Segunda Guerra Mundial; si el Tratado ayudara a que Europa no sufriera una tercera guerra, ya serviría de mucho.

“Había llegado para matar a un hombre al que no conocía”. Con ese comienzo se pueden hacer novelas muy distintas.
Ése es un comienzo clásico. Pero, aquí, el encargo, que da título a la novela, es lo que Hitchcock llamaría el macguffin, lo que tira de la historia; me permite situar al protagonista en la isla, relacionarlo con los demás personajes y que se mantenga la intriga, pero poco más que eso, lo que quiero contar son otras cosas. Es el macguffin.

Lo que es evidente en la novela es la importancia y la solidez de los personajes. Hasta algún secundario, como Otto, hubiera dado para más; se le adivina toda una historia interesante.
Con los secundarios me ocurre una cosa, me resulta más fácil trabajar con ellos que con los protagonistas. En la novela sucede mucho que un secundario cobre mayor presencia, pero cuando está bien como tal secundario, me gusta dejarlo así.

Supongo, además, que esa importancia de los personajes tiene que ver con algo central en la novela, con que, como se dice en la contraportada, lo que nos hace felices siempre depende más de la integridad de ciertas personas que de las leyes que nos gobiernan.
Exacto. De las leyes, o de las instituciones u organizaciones sociales. Yo no creo en la bondad innata de las personas, más bien al contrario, pero creo que hay personas admirables, capaces de poner armonía a su alrededor, más que las instituciones, que se viene abajo con tanta frecuencia, que acabas sospechando que son frágiles.

“Me gusta que la novela tenga una técnica compleja para quien quiera disfrutarla, pero que se lea bien por quien no se interese por eso. Quería que fuera como una escultura que alguien girara y fuera viendo por todas sus caras”
Comparada con otros títulos suyos, en Un encargo difícil hay menos humor del que nos tiene acostumbrados. Una excepción es el personaje del capitán Martínez, uno de esos vencedores que no lo parece.
En la novela hay personajes que no admiten el humor. Otros, como el capitán Martínez, sí. Éste me permitía abordar a la primera autoridad de la isla fuera del estereotipo, con sus debilidades. Además, al ser una autoridad tan poco autoritaria permitía que el resto de los personajes se relacionasen más libremente, que es lo que yo quería para la novela.

La estructura de la novela tiene una cierta complejidad, con un peculiar tratamiento del tiempo.
Eso me llevó trabajo. Me gusta que la novela tenga una técnica compleja para quien quiera disfrutarla, pero que se lea bien por quien no se interese por eso. Quería que fuera como una escultura que alguien girara y fuera viendo por todas sus caras. Quería que hubiera cierto desorden cronológico, pero que fuera de lectura lineal.

El arranque es fuerte, casi como los de Spielberg; de los que agarran al lector por el cuello para que siga leyendo.
Quería describir lo más brutalmente posible el hundimiento moral de los personajes. Necesitaba verlos en la parte más baja de la escala social y que luego la cosa se fuera dulcificando, hasta llegar al final en que el drama se mezcla con la reconstrucción, cuando alguien usa los errores y los horrores que los otros cometen para, de un modo más cerebral, intentar conseguir algo que beneficie a todos.

Angel Vivas / Fotos: Jesús Nuño

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