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Mi amigo Ricardo se pasó la infancia siendo un asiduo de los toboganes pero viajar a Acapulco le ayudó a dejar de someterse a la inercia de la vida y desde entonces procura tomar sus decisiones de manera consciente. Una noche nos habló de ello. Ricardo y Elena habían cenado en casa y mientras tomábamos café delante del fuego, Elena habló de una compañera que llevaba dos meses decidiendo si ponerse lentillas o dejarse las gafas. En un principio, la cosa no parecía tener más trascendencia pero Elena fue relatando todas las cuestiones que se le planteaban a esta mujer y lo que cambiaría su vida si se decidiera a dar el paso. Casi como un juego, cada uno de nosotros nos vimos comentando decisiones de nuestra vida a las que nos habíamos atrevido aun a riesgo de equivocarnos del todo y otras muchas situaciones a las que habíamos llegado, simplemente, dejándonos caer por el tobogán. El Relato La conversación respecto a la toma de decisiones resultó apasionante y fue muy revelador escuchar las particularidades de cada uno a la hora de elegir, pero recuerdo especialmente el relato de Ricardo y su viaje a Acapulco. Ricardo nació en Méjico. No es que importe, claro está, que Ricardo sea mejicano, pero cuando sucedieron los hechos Ricardo vivía en su país y es indudable que Acapulco lo tenía más cerca. Bueno, pues Ricardo nos contó aquella noche que cuando tenía dieciocho años, tres amigos suyos y él decidieron ir a conocer Acapulco. Lo tenían todo organizado. A uno de sus amigos le prestaban un coche, a otro le habían hablado de un hotel no muy caro que estaba cerca de la playa, otro había confeccionado una lista larguísima con los locales que tenían que visitar, incluido el cabaré Tropicana, en fin, el sueño de todo joven: un fin de semana perfecto a punto de cumplirse. Pero unos días antes de la fecha prevista, las cosas empezaron a torcerse. El coche con el que iban a llegar hasta Acapulco estaba en el taller con una avería importante, uno de los amigos había empezado a salir con una chica por aquellos días y dijo que Acapulco podía esperar, y el otro le dijo que ir sólo dos y sin coche no sería tan divertido y que mejor esperaban otra ocasión Pero mi amigo Ricardo quería conocer Acapulco y tomó la decisión de que iría solo. Cuando llegó a Acapulco en pleno sábado y se detuvo a contemplar la muchedumbre que llenaba las playas, la mochila se le cayó a los pies. Nos dijo que en ese instante comprendió que había tomado una decisión de la que sólo él era responsable y nos confesó que nunca, en toda su vida, había estado más rodeado de gente y que jamás se había sentido tan solo como en ese momento. Lo que le pasó a Ricardo es algo común al ser humano pues la mayoría de las personas no estamos acostumbradas a reflexionar cuando acertamos automáticamente. Pero el ser humano no es un ser automático. Es impreciso y necesita corregirse. Es cierto que los dos días que Ricardo pasó en Acapulco fueron todo lo contrario a lo que él había imaginado, sin embargo le sirvieron para descubrir algo de lo que no se hubiera dado cuenta de haber seguido la inercia del primer intento. La situación le hizo estar atento a cómo elegía y reconocer sus mecanismos de respuesta. Ése fue el primer paso que dio para salir de la trampa. Dejó de contemplar embobado la muchedumbre de la playa y se dijo que haría todo lo posible para disfrutar del viaje. Más libres Pero la siguiente prueba surgió poco después, a la hora de buscar un restaurante. Nunca le había gustado comer solo y era indudable que lo estaba, aun así, ocupó una mesa al aire libre. Tenía el Pacífico a sus pies, podía contemplar las dos bahías, los acantilados, las embarcaciones deportivas, pero se daba cuenta de que no podía compartirlo con nadie. Abrió la carta y leyó la lista de platos que podían servirle en el restaurante. Eso fue definitivo, nos dijo. En ese momento disfrutó con la extrañeza que le produjo no tener que preguntar a nadie: ¿qué prefieres, pollo o pizza?, y eso, en apariencia tan simple, le sirvió para demostrarse que es uno mismo el que tiene que ser capaz de discernir si lo elegido nos hace más libres o nos hace víctimas y que ello sólo dependerá de la percepción que tengamos del mundo, de nosotros mismos y de los otros. A partir de ese momento Ricardo dejó de lamentarse por estar solo y disfrutó de su fin de semana en Acapulco. Hablamos, pues, de evaluar si nuestro sistema de pensamiento produce armonía en nosotros y nuestro entorno para poder elegir de forma consciente y libre o si nuestro sistema de pensamiento no nos conviene y es necesario buscarnos otro mejor para dejar de ser víctimas. Annie Marquier en su libro El poder de elegir define el paradigma de la víctima así: Soy impotente y vulnerable en un mundo hostil, injusto, peligroso y sometido al azar. Hay personas que tienen suerte y otras que no. La vida es incoherente, imprevisible y llena de peligros. No tengo, o tengo muy poco poder sobre lo que puede suceder en mi existencia. Es muy difícil obtener lo que uno quiere en la vida. Lo mejor que podemos hacer es luchar, intentar controlar al máximo, protegerse y defenderse de los demás en la vida, y por último, tal vez rogar al cielo para que no se nos caiga encima. Quizá no estemos de acuerdo con todo lo anterior pero esta forma de percibir el mundo puede que nos resulte conocida. Muchos son los que piensan que la vida es así y si se te ocurre decirles que puede ser diferente, es posible que al instante te esgriman todas las pruebas necesarias para tratar de convencerte de que es su punto de vista el acertado, y no el tuyo. Claro que, tener un punto de vista limitado es, precisamente, el que nos conduce por los caminos de la inercia y nos hace víctimas. Y si ser víctima acaba en una enfermedad del espíritu que lo único que genera es malestar en nosotros, no estaría de más preguntarse qué sentido tiene entonces mantenernos en nuestra cabezonería. Cambiar las cosas Pero ¿qué nos encontraríamos si un día nos atreviéramos a admitir que las cosas pueden ser de otra manera y elegimos comprobarlo? Quizá nos diéramos cuenta de que no estamos tan dispuestos a salir de un sistema de creencias equivocado porque, en el fondo, no nos interesa nada dejar de ser víctimas. Para dejar de serlo primero hay que reconocer que lo somos. Una manera de darnos cuenta de ello es escucharnos y comprobar si en la vida diaria utilizamos a menudo expresiones del tipo: no me encuentro muy en forma, pobre de mí . Si este tipo de discurso nos resulta familiar tampoco hay que castigarse por ello. No se trata de tirar el agua del baño con el niño dentro. Se trata de observar y anotar las consecuencias prácticas que resultan de estos comentarios. Porque es sólo en la experiencia de vida cotidiana donde podemos medir nuestro grado de dominio y de libertad y no en un sistema filosófico, por brillante que sea. Recordemos la excelente película de Roberto Benigni La vida es bella. En una situación tan crítica el protagonista sabe que, aunque encerrado en un campo de concentración, es libre de elegir una actitud entre varias. Podía haberse rebelado, maldecir la situación, someterse a ella y regodearse en el placer morboso de la compasión. Pero elige transformar la situación con sentido del humor. Puede que todo esto nos haga reflexionar sobre la posibilidad de que quizá no sea lo que sucede lo que determina nuestra vida, sino más bien lo que elegimos hacer con lo que sucede. Reaccionar de una manera u otra frente a lo que nos sucede es una decisión nuestra. De nadie más. Somos nosotros los que nos alejamos o acercamos al ánimo de la víctima. Fernando Savater en El valor de elegir dice: Como cualquier otro arte, el arte de vivir también se aprende y consiste en discernir entre las diferentes formas de actuar y valorarlas. Magdalena Tirado |
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