EL FUROR DE LAS PALABRAS
Antonio Costa Gómez
Es autor de los libros de relatos El tamarindo y O delirio do lume. En el año 1994 quedó entre los finalistas del Premio Nadal y en 2001 entre los del Premio Planeta, en esta ocasión con la novela Las campanas. Escribe también poesía y es autor de varios libros de poemas y cuenta con diversos premios literarios “Los amantes de Teruel” y el “Estafeta literaria” entre otros.
 
 
 
¿Por qué tendría que matar a un filólogo en Suiza? Toda la documentación estaba en un cartapacio que me habían dado en la dirección. Mientras volaba en un reactor de la fuerza aérea hacia Londres me dediqué a estudiarlo. Rudolf Kerner era un experto en lenguas semíticas de la universidad de Friburgo. A comienzos de 1939 se había trasladado a Ginebra, donde trabajaba de profesor invitado, por desacuerdos con el nazismo. Ésa era la versión para el público. Pero en realidad era un agente alemán que trabajaba en un proyecto ultrasecreto que podría cambiar el curso de la guerra. Después de veinte años de investigaciones en las bibliotecas de todo el mundo Kerner estaba a punto de descubrir el nombre secreto, el nombre verdadero, del sexo femenino. La posesión de ese nombre significaba poder manipular el comportamiento de todas las mujeres del mundo. Kerner había conseguido descubrir un nombre muy semejante al secreto. Utilizándolo estaba provocando que la industria de guerra norteamericana, en la cual trabajaban sobre todo mujeres, tuviese cada vez más deficiencias. Las mujeres sufrían una excitación, un nerviosismo incontrolable, se veían forzadas a ir al baño continuamente, no prestaban atención a su trabajo. Las consecuencias en algunos casos eran desastrosas, porque habían llegado a los frentes del Pacífico y de Europa numerosas armas defectuosas.
Los servicios de espionaje norteamericanos habían descubierto la causa en el mes de mayo de 1942. Se hacía necesario elaborar un plan de contraataque. Un equipo de expertos estableció su cuartel general en un lugar secreto de Arizona. El verdadero nombre del sexo femenino, al cual se aproximaron muchas tradiciones esotéricas de diferentes culturas, fue encontrado a principios de la era cristiana por un grupo de cabalistas judíos de la diáspora establecidos en Provenza. Se cree que también en algunos monasterios taoístas del sur de China se conoció y se pronunció el poderoso nombre. Y tal vez, los expertos no se ponen de acuerdo, ese nombre también estaría en el sánscrito y lo usarían de algún modo los autores del Bagavad Gita. Mircea Eliade dejó alusiones a ese asunto en unas notas manuscritas en la época en que estuvo estudiando en el Himalaya. Pero nunca pudieron esclarecerse realmente.
El grupo hizo importantes avances en nomenclatura esotérica, y llevó a cabo experimentos secretos con mujeres. Pero los únicos que usaban con provecho sus conocimientos, en detrimento de los ejércitos aliados, eran los expertos nazis comandados por Rudolf Kerner. Por eso era urgente neutralizarlo. Me eligieron a mí porque, aparte de pertenecer a los servicios secretos, había estudiado Lingüística en Harvard, y era personalmente muy aficionado a los estudios místicos.

Rafa Sañudo

Me puse en contacto por correo con el profesor Rudolf Kerner contándole mis supuestas investigaciones sobre los simbolismos eróticos de la epopeya de Gilgamesh y su huella en la literatura posterior del Próximo Oriente. Sabía que Kerner era un experto y había publicado trabajos sobre ella en revistas especializadas de todo el mundo. Durante meses tuve que estudiarme a fondo esa obra, aprenderme todo lo que se sabía sobre la escritura cuneiforme, y leerme numerosos poetas persas o místicos sufíes. Conseguí que me publicaran un trabajo en la universidad de California sobre la planta de la inmortalidad en diversas literaturas antiguas. Finalmente me cité con Kerner en Ginebra en diciembre de 1942.
El primer encuentro tuvo lugar en la biblioteca de la universidad. Allí le conté el estado de mis investigaciones (yo estaba liberado de la movilización por problemas en las piernas). Debo confesar que el hombre me fascinó enseguida. Era de una gran precisión en sus juicios, y de una contundencia en la documentación extraordinaria. Su mirada se clavaba en mí llena de reflejos y sugerencias y se expresaba con una voz matizada y boscosa. Me hacía observar infinidad de frutos en el lenguaje pero no intentaba abrumarme. Resultaba verdaderamente alentador hablar con él.
La segunda vez nos vimos en una cafetería antigua cercana a la catedral. Mientras charlábamos me expuso la tesis de un libro que estaba preparando. Según él cada persona era especialmente sensible a determinadas palabras. Había vocablos establecidos en cada una. Determinadas palabras sólo las habían oído ciertas personas en sueños. Por el efecto de las palabras se podían establecer tipologías en los seres humanos. Había personas que se sentirían vulneradas o estimuladas por ciertos vocablos mientras que había determinadas asociaciones de palabras con poderes especiales. Y añadió con voz velada: “No quisiera saber lo que podrían hacer algunos estados, como el nazi, con los conocimientos debidos sobre el lenguaje”. Decididamente, pensé, el gobierno norteamericano no ha pensado lo suficiente en la guerra lingüística.
Pasaron unas semanas y un sábado Kerner me invitó a comer en su casa. El piso estaba decorado con manuscritos, ampliaciones de miniaturas medievales, y diversas curiosidades. Por ejemplo, había un poema de amor en un grano de arroz, que procedía del palacio de un maharajá en Rajhastán. En la mesa nos acompañó su hija Ingrid, una joven de unos veinte años, que tenía una conversación como un racimo de uvas y me miraba de modo tenue y acompasado. Su voz sugería el caer de cerezas sobre un plato de cristal.
Al terminar de comer, el profesor me ofreció una copa de Calvados. Pensé cómo lo conseguiría en aquellos tiempos de guerra, considerando que él era un exiliado del régimen nazi.
Entonces noté sutilmente que su lenguaje cambiaba. No podría precisar en qué consistía la nueva tonalidad, tal vez desplazaba un poco los adjetivos, tal vez los usaba de corporeidad esponjosa, pero el resultado era que la atmósfera había evolucionado. Ahora parecía haber un aire más denso, era como si los objetos estuviesen un poco más al borde de su nombre. Noté una sensualidad mayor en los labios de la muchacha. Sentí que no sabría si podría utilizar hacia ella la palabra labios. La presencia del padre y la hija se había hecho un poco más pastosa. Dentro de mí subían sugerencias fluviales, como juncos, acacias, musgos. Me vino una penumbrosa sospecha de que el hombre me estaba manipulando muy sabiamente, a través de las palabras. Estaba produciendo en mí una especie de euforia, que me volvía incontroladamente comunicativo y me hacía perder el dominio de lo que pronunciaba. De pronto me di cuenta de que le estaba haciendo confidencias, le estaba contando mi infancia en Idaho, cuando con mis hermanas me dedicaba a investigar el comportamiento de los patos y les arrancaba las plumas para hacerles análisis lumínicos.
Me enderecé y me puse a hablar del curso de la guerra. Era evidente que el conflicto había dado un vuelco y ahora eran los aliados los que llevaban la iniciativa. Y afirmé, si eso ocurre así, y los nazis acaban perdiendo, es porque han osado perseguir al pueblo cuya identidad se basa en la palabra. En su gran libro dicen que el verbo se hizo carne. Y la carne puede hacerse verbo.
Entonces el profesor dijo algo inopinado: Las begonias no tienen historia. Me sentí tocado. Supongo que había estado estudiándome desde el primer instante en que me vio. ¿Cómo pudo averiguar que, desde muy niño, escuchar la palabra “begonia” me producía escalofríos? ¿Cómo podía saber que yo me quedaba mirando sin fin las begonias puestas en un vaso por mi madre en medio de la luz del verano mientras yo pronunciaba su nombre con una delicia infinita? Tuve miedo de que pronunciara alguna otra palabra aún más relacionada conmigo. Supe que debía actuar sin perder tiempo.
En el interior de mi chaqueta llevaba una pistola con silenciador. En el nombre de todas las madres que pronuncian el nombre de sus hijos, creo que me dije con cursilería.
Pero había que hacerlo bien. No podía arriesgarme a que antes de morir pronunciara alguna palabra decisiva que tuviera en mí (o en el mundo) efectos devastadores. Tampoco sabía yo hasta donde llegaban sus conocimientos. Estuve calculando durante un rato mientras le comentaba que había un poema sobre begonias escrito por un esclavo de Tamerlán. Saqué la pistola y apunté a la boca. Los sesos esparcidos por el sofá se parecían a los desperdicios de un helado. Por un momento creí que era un niño durmiendo. Su hija me miró con horror mientras yo me dirigía hacia la puerta. No pude distinguir las palabras que dijo.
A lo largo de estos cuarenta años he tenido periódicamente ataques de melancolía profundos. Era como si todo lo que me rodeaba se volviera resbaladizo. En ocasiones cuanto yo decía parecía infectado. Desde aquel día en Ginebra, no he vuelto a estar en verdadera posesión de mí mismo.
Ayer, observando a una muchacha en una cafetería de Boston (había algo en el brillo de su pelo, en su manera de colocar los labios) tuve una iluminación. Recordé exactamente las palabras que la hija de Kerner pronunció antes de que yo saliera de la casa. Dijo: “El delirio irá con usted”.
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