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Cristina Cerrada ganó, hace unas semanas, el premio Casa de América de Narrativa, premio de vida breve, pero ya prestigioso, como lo demuestra el hecho de que en la edición anterior quedara desierto. Lo ganó con un libro de relatos, Noctámbulos, que sale ahora a la calle en Lengua de Trapo. En todo caso, por encima de los premios (de éste y de otros que tiene), ella encuentra su recompensa en el propio hecho de escribir. Escritora y profesora de Literatura Creativa, empieza y acaba la entrevista refiriéndose al placer del texto que se escribe o se lee. |
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El premio Casa de América se suma al NH que ganó unos meses antes. Está usted lanzada.
Es casualidad. Llevo los últimos seis años escribiendo con la misma asiduidad. Hay una evolución, y supongo que eso ha influido. Cuando empiezas, sabes menos lo que quieres y adonde mirar. Según escribes, vas aprendiendo y vas depurando la técnica. Adónde me lleve, no lo sé; pero lo único que espero es seguir haciendo lo mismo. Lo que más placer nos produce a quienes escribimos es la propia escritura. En los dos casos se trata de cuentos. ¿Es éste su terreno? ¿No va a abordar la novela? Tengo una novela y me gusta la novela, pero lo normal es empezar con cuentos. No conviene lanzarse a la novela sin haber probado, y haberse probado, con el cuento. En la extensión más abarcable del cuento es donde uno se forma y puede ir adquiriendo destreza. La novela es demasiado extensa para tener una perspectiva suficientemente clara cuando uno está empezando, pero es a lo que todos los autores tienden. Pero que sirva para probarse no implica inferioridad, supongo. La novela no es un cuento largo, ni el cuento es subalterno en absoluto. La única razón por la que me parece recomendable empezar por el cuento es por la extensión. En tres páginas ves muy claramente un fallo técnico. Si en una novela tienes que cambiar algo del nudo, te desmoralizas. De hecho, el cuento no se parece a la novela, tiene sus propias dificultades. Los autores de cuentos suelen quejarse de la dificultad de que los editores los acepten. Eso se dice, pero no lo sé; mi experiencia, lógicamente es buena. El problema es que la gran mayoría de la gente asocia cuento a cuento infantil. Eso viene de que en Estados Unidos la prensa popularizó el cuento relato a principios del siglo xx, mientras que en Europa, y sobre todo en España, lo que se popularizó fue la novela por entregas. Fernando Quiñones decía que al cuento le perjudica la propia palabra, que se llamen igual los de Borges que los de Calleja. No sé si perjudica; a mí, desde luego, no me gusta, por esa asociación con el cuento infantil. Me gusta más la expresión inglesa short story, historia corta, que me suena a algo más vivo y más separado de lo literario. Cuento sugiere algo con un lenguaje demasiado poético. Y usted prefiere la tradición del realismo norteamericano. Sí, lo que me gusta de ellos es que su escritura tiene una mirada sin lastre literario, que simplemente quiere contar, sin retórica; eso me encanta. Pues vamos ya a los de Noctámbulos. Aunque independientes entre sí, a mí me parecen sutilmente unidos por algunos aspectos. Así es. Al empezar a escribirlos no me lo planteé, pero mi visión de los libros de cuentos es unitaria. Me gustan los cuentos engarzados unos con otros, no necesariamente por el argumento o el escenario, sino por la atmósfera, la temperatura. Estos cuentos quizá estén más engarzados por el tipo de conflicto que entrañan, que sufren los personajes. Por ejemplo, la infidelidad. Lo que pasa es que yo no lo llamaría infidelidad, sino... es difícil encontrar la palabra, creo que por eso he escrito los cuentos, por no poder encontrar la palabra. Yo diría que tratan de lo precario de la voluntad, de que las personas se ven sujetas a deseos y pasiones que les hacen bandearse; eso me parece muy distintivo de lo humano, esos personajes que engañan pero no quieren engañar, ni dañar. Y en la mayoría de sus relatos llueve y hace mal tiempo. ¿Es deliberado? No es deliberado, pero algo querrá decir. Quizá ese tipo de conflictos que digo los asocio con un tiempo desapacible. En el relato, casi todo tiene que contribuir al sentido de la historia. Son relatos, en fin, abiertos, y en los que lo esencial de la historia no está en primer plano. Creo que lo que intento, más que dar una historia cerrada argumentalmente, es dejar el relato inconcluso para que se termine, digamos, en la retina del que lo lee. Eso es algo que me gusta mucho de Chéjov, de Carver, del realismo americano. Lo que me gusta del cuento es que tan importante es lo que queda fuera como lo que está dentro. Es importante que apunte hacia fuera del propio relato, eso es lo que lo hace grande. El cuento es un género elíptico, igual que la novela es extensiva. Su admiración por los americanos abarca también al cine. Sí, me gusta mucho el cine clásico y, concretamente, el cine negro. A muchos de mis relatos los veo así, en blanco y negro. Los diálogos de Noctámbulos ¿no recuerdan demasiado a los del cine americano? En una historia realista se espera que la referencia sea la realidad, pero yo no siempre la pongo en la realidad, sino en otra representación realista, como puede ser el cine clásico. Pero, vamos, desde que escribo he tenido problemas con la defensa de los diálogos de mis personajes. De todas formas, eso no siempre será así. Hace años que, a propósito de los escritores jóvenes, se habla de la absoluta libertad y variedad de estilos. ¿No se ve todavía una generación? Puede haberla. Lo que pasa es que con quienes yo me relaciono no todos están publicados, pero hay una mirada que apunta al mismo sitio y que podría ser un aglutinante. Quienes leyeron los originales del premio me dijeron que había una relación, no por el estilo, pero sí del mundo que tratamos, entre el libro de la finalista, Esther García, y yo. Así que tengo ganas de leerlo. Una cosa que me cansa es que se siga escribiendo de la guerra civil y de la postguerra. Eso es algo totalmente ajeno para mí. Mi mundo es otro, y más cercano al de una ciudad norteamericana, inglesa o alemana, porque ahora todo es más parecido. Usted ha pasado por talleres literarios como alumna y, ahora, es profesora. Permítame la pregunta del millón. ¿Se puede enseñar a escribir? Se puede aprender a escribir. Enseñar a escribir, no; pero sí se puede enseñar el gusto por la literatura, por la escritura. Y ese gusto se enseña a través de la técnica, de la lectura de otros textos. Eso genera placer, y ese placer sí se puede enseñar. A escribir se aprende con el aprendizaje de la técnica, pero también con la vida, con los sueños. Ángel Vivas |
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