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GUATEMALA, EXPLOSIÓN DE COLOR |
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Conocido como el país de la eterna primavera, Guatemala es un crisol de intensos colores que se hace palpable tanto en la vestimenta de sus gentes como en sus bellos paisajes: montañas surcadas por plantaciones de maíz y plátano, imponentes volcanes, lagos majestuosos y una selva impenetrable. Todo ello nos hace pensar que los dioses precolombinos siguen preservando este paraíso en la tierra, que el espíritu de los mayas impregna todavía esta parte de Centroamérica donde existe el mayor núcleo de población indígena. |
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Los hombres del maíz,
que inmortalizara el premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias basada
en la vieja leyenda quiché, según la cual el primer hombre nació
del maíz, el sustento básico de la tierra guatemalteca siguen conservando
sus formas de vida ancestrales. Guatemala, el país con la más variada
policromía que el ojo humano pueda apreciar, permite al viajero redescubrir
y maravillarse con tradiciones y valores desconocidos en nuestra cultura moderna.
A sólo 45 kilómetros de Ciudad de Guatemala nos espera una maravilla colonial, Antigua, la primitiva capital del país declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Pese haber sufrido graves daños a causa de varios terremotos el tiempo parece haberse detenido en Antigua. La ciudad más representativa de la arquitectura colonial guatemalteca conserva impresionantes conventos como el de santa Clara y san Francisco, hermosísimas iglesias cubiertas de bordados de estuco, además de bellas mansiones como la Casa del Juez, restaurada hasta en los más mínimos detalles. La antigua capital cobra una dimensión sin precedentes durante la Semana Santa, acontecimiento que sus habitantes celebran con verdadero fervor. Sus calles empedradas de cantos rodados aparecen en esos días cubiertas por hermosas alfombras de aserrín de multitud de colores. Por ellas desfilarán procesiones presididas por cucuruchos de color morado, legionarios vestidos a la usanza palestina, fieles ataviados con uniformes de centuriones romanos, y devotos portando las imágenes del Santo Entierro o del Cristo Yacente, todo ello envuelto por el humo y el olor a incienso y en medio de un espectáculo de religiosidad poco común. A escasa distancia de Antigua, rodeado por una cadena de volcanes se encuentra el que ha sido considerado el lago más hermoso del mundo, el Atitlán, en cuyas orillas mujeres arrodilladas atienden sus telares mientras los turistas observan sus viejas técnicas. En sus riberas se asientan doce pueblos indígenas de casas de adobe y techos de paja. En uno de ellos, Santiago de Atitlán, hace su aparición en Semana Santa, Maximón, el personaje más famoso de Guatemala, mezcla de dios pagano y semisanto católico, muñeco compuesto por atados de ropa, máscara de madera y varios sombreros al que los indígenas velan ceremoniosamente.
La locura colorista llega a su cenit en Chichicastenango. En este lugar, entre trajes multicolores y murmullos quiché se produce la mezcla más auténtica del pasado y presente de Guatemala. En la plaza central flanqueada por dos iglesias coloniales, la del Calvario y la de santo Tomás esta última fundada sobre un antiguo templo maya, los indígenas veneran a sus ancestros quemando resinas e inciensos antes de entrar a rezar según los ritos católicos. Pero sin duda la característica más notable de la ciudad es el mercado, que tiene lugar cada jueves y domingo en medio de un espectacular abanico multicolor que se extiende por sus calles y plazas. Miles de indígenas procedentes de distintos lugares en su mayoría ataviados con genuinas obras de arte de diseños y técnicas trasmitidas de generación en generación se dan cita para vender sus mercancías: toda clase de alimentos y objetos de artesanía en madera, textil, barro, metales o cuero, son ofrecidos por estos mayas contemporáneos que han sabido continuar las tradiciones de sus creativos antepasados. Chus Sáez Valcárcel
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