Creatividad  

EL ARTISTA QUE HAY EN TI

 

La vida puede percibirse como una lucha o como un juego. Aquellas personas que se levantan cada día dispuestas a emprender la batalla consigo mismas y con el resto de la humanidad están atrapadas por la angustia. Pero aquellas otras que el mundo les parece un lugar amable encuentran su tránsito por la Tierra algo parecido a una oportunidad para sembrar su potencial y recoger la cosecha. Abraham Maslow, autor del famoso libro El Hombre Autorrealizado, dice que la creatividad son nuestros frutos, como un manzano produce manzanas, sin esfuerzo ni trabajo, simplemente como expresión de su propia naturaleza interior.

  Uno de los mayores regalos que nos brinda la existencia es nuestra capacidad de crear. No hay nada que nos proporcione tanto placer y seguridad como dar forma a las ideas que nos bullen en la cabeza. La creatividad, pues, no es un coto privado para esas personas de talento inusual que llamamos genios. Además de los grandes escritores, músicos o pintores, que situamos en el reino de los elegidos, todos poseemos ese don que nos permite realizar pequeños milagros. Es cierto que a la hora de estimular nuestro lado creativo nos influyen factores culturales, sociales y hasta genéticos, pero todos poseemos la llave que nos abre estancias misteriosas de la mente donde nos sentimos poderosos. Y aunque no seamos unos superdotados, el placer que experimentamos no desmerece al que describe Kafka, uno de los grandes de la literatura: “Me gustaría poder explicar esa sensación de felicidad que me invade de tiempo en tiempo. Se trata de algo efervescente que me llena por entero con un suave y agradable cosquilleo, y que me persuade de que tengo capacidades, de cuya inexistencia puedo convencerme en cualquier instante y con toda seguridad, incluso ahora”.
 
-M.M.M..-  

Algo parecido le sucede a mi amiga Mónica, cuando después del trabajo acude a sus clases de cerámica. “Lo que siento mientras moldeo la arcilla es algo que no sabría expresar con palabras. Es como si de repente diera un salto y me introdujera en otro mundo donde el tiempo transcurre de manera distinta. No pienso en nada más que en la vasija que estoy modelando. Me la imagino terminada, pero a la vez se me ocurren miles de ideas para perfeccionarla: decido una decoración, luego otra más atrevida. Mis manos amasan la arcilla, yo me siento parte de esa arcilla, y en mi cabeza sólo hay espacio para las posibles transformaciones de la arcilla. Estoy ausente. Si me hablan, no contesto. Consigo tanta concentración, que me resulta muy placentero. Cuando la profesora nos anuncia el final de la clase, regreso como de un trance y me asombra el tiempo que ha pasado. Me encanta contemplar la obra terminada, me llena de orgullo. En esos momentos, me percibo grande, poderosa, repleta de energía y dispuesta a seguir descubriendo todo lo que soy capaz de producir”.
Mi amiga Mónica es una de las pocas personas que conozco abierta a casi todo lo que acontece en la vida: pone el mismo entusiasmo a la hora de planchar una blusa, preparar una paella, construir una estantería o diseñarse un vestido. Sabe adornar la vida cotidiana y utiliza su creatividad para darse color y autorrealizarse. Al igual que la mayoría de nosotros, no posee un talento extraordinario que la eleve al cielo de los dioses, sino muchos talentos que le ayudan a divertirse con todo lo que emprende en la Tierra.

Usar los cinco sentidos
Sin embargo todos tenemos ese potencial creativo. Para despertarlo, necesitamos valentía y abrir nuestros ojos a lo desconocido. Debemos aprender a mirar, escuchar, sentir..., en definitiva, debemos tener olfato para atrapar aquello que nos pase por delante y gusto para darle una forma expresiva. Como resultado de esta observación surge nuestra creatividad. En esos momentos desaparecen los muros internos y todo parece fluir. Nuestra percepción se agiganta y nos sentimos dueños de un poder especial y un control fascinante. Pero este “control” no tiene nada que ver con ese otro que nos cierra las compuertas de nuestro interior para evitar una riada que amenace con anegarnos. Más bien se trata de una fuerza que sin saber de dónde procede nos imbuye confianza. Es ese tipo de control que experimentan los esquiadores, los bailarines, los escaladores o los motociclistas: no encuentran obstáculos internos ni externos, sus movimientos fluyen y toda la atención está puesta en la actividad que realizan, porque si se distraen una fracción de segundo corren el riesgo de romperse en añicos. “Lo que hace disfrutar a las personas —asegura Maslow— no es el sentimiento de tener el control, sino el sentimiento de ejercer ese control en situaciones difíciles.”
   


PARA SABER MÁS

El hombre autorrealizado. Abraham Maslow. Ed. Kairós.
La personalidad creadora. Abraham Maslow. Ed. Kairós.
Fluir (Flow). Mihaly Csikszentmihalyi. Ed. Kairós.
Cómo ser más creativo. Michele Lambert. Ed. Mensajero.

 
       

En la vida cotidiana, algunos de nosotros sentimos bastante fragilidad y tememos partirnos en mil pedazos. Por este motivo la experiencia creativa nos resulta tan agradable: nos ayuda a reunir los trozos, a percibirnos como una persona entera, de una sola pieza. Para lograrlo debemos integrar nuestras diferentes partes: ser al mismo tiempo masculinos y femeninos, niños y adultos, buenos y malos. Sólo aceptando todos los aspectos que componen nuestra individualidad —las luces y las sombras— podremos crecer, realizarnos y disfrutar. Si evitamos adentrarnos en nuestro infierno, también nos negaremos a abrir las puertas de nuestro cielo. Únicamente aquellas personas que dan paso a su expresión creativa de forma saludable —asegura Maslow—, han sabido resolver esa guerra civil entre las fuerzas profundas interiores y las fuerzas de control y defensa, por lo que se encuentran menos divididas. “Como consecuencia —dice—, una fracción mayor de sí mismos es susceptible de uso, placer y actividades creativas. Pierden menos tiempo y energía protegiéndose contra sí mismos”.
Una energía de la que también habla Mihaly Csikszentmihalyi, otro de los psicólogos que lleva varias décadas investigando sobre los aspectos positivos de la experiencia humana. Este autor hace hincapié sobre el empleo de la energía que destinamos a la creatividad, un combustible que nos transporta a lo que él denomina experiencia óptima. “La experiencia óptima —señala— es una forma de energía, y la energía puede utilizarse tanto para crear como para destruir. El fuego calienta o quema, la energía atómica puede generar electricidad y puede destruir el mundo. La energía es poder, pero el poder es sólo un medio. Las metas hacia las que se dirija puede hacer que la vida sea más rica o más dolorosa”.
En definitiva, como nos recuerda Mihaly Csikszentmihalyi, tener una vida llena de alegría es una creación individual que no puede copiarse de ninguna receta. Por lo tanto, no escatimemos esfuerzos e invirtamos en nuestra mejor obra de arte: nosotros mismos.

Nereida Cuenca

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