Adiós a las aulas
En este fin de milenio que vivimos, cada vez
está más cuestionado el papel que debe desempeñar el maestro
en nuestra sociedad, por eso, jubilado como estoy quisiera reflexionar en torno a
una figura que si siguen las cosas así, se extinguirá en poco tiempo.
A lo largo de este último siglo el maestro ha soportado con estoicismo los
agitados cambios de una sociedad en movimientos. Una sociedad que comenzó
el siglo depositándonos la confianza de los padres, e incluso su autoridad
para convertir a sus hijos en ciudadanos ejemplares. Entonces era un trabajo que
si bien no estaba convenientemente retribuido (acordémonos del pasas más
hambre que un maestro de escuela) al menos contaba con el respeto y el respaldo
de cuantos nos encargaban tan insigne tarea.
Luego vinieron otros tiempos, la sociedad se hizo más participativa, los medios
para la educación aumentaron y las escuelas públicas poco tenían
que envidiar a los colegios de lujo en cuanto a la calidad de la enseñanza.
Los padres entraron en los colegios y participaron de cerca en el proceso de control
de la calidad de la enseñanza.
Y hasta aquí todo han sido mejoras, avances. Las aulas se han llenado de ordenadores,
y las redes de la intercomunicación mundial son usadas por los alumnos todo
hay que decirlo con muchísima más pericia que los profesores. Los
avances son tan rápidos que todo maestro tiene que convertirse en su propio
profesor continuo si quiere estar a la altura de sus alumnos.
De seguir así (y el progreso es algo que no se puede evitar), los niños
dejarán de necesitarnos. Tendrán sus profesores telemáticos,
o virtuales, que no usarán palmeta ni pasarán hambre ni tendrán
los codos rotos, y las APAS, tendrán que contentarse con un chat en Internet.
J. Domínguez (Málaga)
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