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Nació en Huesca (1960). Es autor de los libros de relatos Frío de vivir y Museo de la soledad. Sus cuentos, en los que se mezcla una prosa limpia de tonos líricos con una temática de conflictos cotidianos y sociales, han aparecido además en las antologías de más relieve de los últimos años. |
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El invierno unas veces arrastra periódicos por el suelo y otras llueve sin cesar sobre ellos diluyendo la tinta que acaba por los desagües o pegada a la suela de los zapatos mojados de los transeúntes. A Eladio no le gusta la palabra transeúnte porque le recuerda al jabón con olor a vieja de los centros de acogida, a patatas caldosas y psicólogos subnormales. Muchas veces, llevado por policías locales o por sus propios pasos que huían del frío casi sin consultarle, ha tenido que dormir en ese tipo de antros. Ha tenido que compartir su tabaco con tipos que le insultaban y esperar, en una jungla de ronquidos y calcetines sucios, a que amaneciera por fin y poder salir a la calle, humillado, con la raya bien hecha y un par de magdalenas en la mano.
El invierno esta vez trabaja con un frío que sale del centro de sus huesos y lo llena todo, crece hacia el aire de ramas desnudas y cristales empañados, y hace de la noche un estanque de metal que hiela lo que roza. Ser solitario, piensa, es habitar más que nadie la memoria y el deseo y, en cambio, haber desaparecido hace tiempo de los recuerdos y las ganas de los demás; mucho más que la soledad física, lo que duele es ese estar ausente de todas las conciencias, no vivir en cerebro ajeno, no aparecer tu nombre escrito en las agendas. Estar simplemente aquí, y en ninguna parte más, merendando los boquerones con tomate que le sobraron ayer al bar de peor muerte, en esta hora en que se esfuman los últimos rastros de luz de la tarde y nota cómo la fiebre empieza a subirle desde las rodillas y, atravesando un hígado hinchado y roto, se le agarra a la garganta y a los ojos, se asoma al mundo por él y en su lugar se agota. Hoy lleva un día tonto, es demasiada la infancia que le regresa; por cualquier detalle, por cualquier bobada, se le aparece en forma de rebanada de pan con vino y azúcar, o de bolsa de agua caliente para subir a dormir con su hermano a la habitación del piso de arriba, donde se contaban miles de historias y secretos, todo lo que harían en esta vida, mientras escuchaban el viento entre los árboles y ladridos lejanos esperando que la madre subiera para hacerles en la frente la señal de la cruz y apagara las luces y les mandase callar. A veces Eladio la agarraba de las faldas, no te vayas todavía, y ella se zafaba de un tirón y les enviaba un beso desde la puerta. Eladio no se conforma con el vino que le quieren servir, protesta débilmente, pero le recuerdan que si da problemas se acabó merendar allí otro día, ya no habrá más tomate ni sardinas que valgan. Arrastrando los pies sale a la calle, más puta que nunca esta noche, y se sube todo lo que puede el cuello de su chaquetón de pana. Una regla de oro es no mirar en las noches de enero las ventanas iluminadas de los edificios, no ponerse a imaginar ahí dentro películas ni canciones, soperas de porcelana calientes, mantitas de cuadros y nietos en las rodillas. Hay que mirar al frente o hacia el suelo, qué es eso de ponerse a soltar la lagrimita a estas alturas, y con dos cojones pensar en el momento que se vive, miles andarán peor por todo el mundo, gente sin ojos, con pus en los muñones, locos tullidos a la vuelta de cualquier esquina. Casa Mateo no está mal para las últimas copitas antes de dormir si, como por suerte es el caso, quedan unas cuantas monedas en el bolsillo y es temprano todavía. A veces incluso ha encontrado allí quien le invitase, es cuestión de caer simpático a los grupos de jóvenes que dan gritos en torno al futbolín y sueñan a voces con los días que tienen por delante, las mujeres que vendrán y la música y el futuro y la Biblia en verso. Un par de aspirinas y todo el coñac posible sería lo mejor, porque luego la noche es larga y los fantasmas se mueven en ella como pez en el agua. Tan pronto le trepan por las piernas arañas de colores como saltan las ratas de armarios que abre en sueños; infamias y pecados lejanos que regresan, muertos echándole en cara su vida en la basura, la carcajada de un dios que va a pisotearlo, y así hasta que amanece al temblor de un nuevo día, cuando el guardia jurado le da flojo en el trasero con su porra, y le dice que ya es hora de marcharse a otra parte con todo ese jaleo de mantas y cartones. Hay noches mejores y peores, pero todas arrastran cadenas infinitas y en todas ruge un viento que le azota en la cara como una sábana negra; de todas sale herido y, al desperezarse, cree sacudirse rastros de la muerte. Mientras le sirven el último vaso trata de llegar a un acuerdo con ese hatajo de sombras, invoca en voz alta su derecho a la calma, farfulla cosas raras, pactos imposibles, combina a partes iguales amenazas y súplicas. Alguien intenta tranquilizarle y enseguida cede, busca una silla junto a la estufa y decide sentarse hasta que cierren el garito, dentro de un rato. Y es que a veces la cabeza se le va, y no porque él lo quiera, bien sabe Dios que nunca le ha gustado llamar la atención, es esta vida tan perra que lleva, tantos años ya, tantos zapatos gastados en las calles más oscuras y bajo las lluvias más sucias, batallas perdidas, amores imaginados, ¿y quién no habla solo hoy día, quién no ha querido morirse alguna vez, sobre todo si tiene tanta fiebre y se le llenan de agua los calcetines y en su vaso ya no queda casi nada y ni una triste alma en la ciudad sabe su nombre y está cansado y el frío del mundo le nace en el centro de los huesos? Es sólo esta vida tan arrastrada que lleva. Debió haber agarrado más fuerte aquella falda tierna y sucia de aceite, no dejarla marchar. Camino del escondite donde guarda sus enseres de dormir, vuelven a visitarle imágenes y olores de su niñez en el pueblo, una procesión del Corpus bajo la tormenta, una lista de reyes, muchachas en enaguas junto al río, pájaros abatidos a pedradas. Cuando tiene todo listo para sumergirse en el túnel de una nueva noche, ya sabe que el frío no va a dejarle descansar tan fácilmente, hubieran hecho falta unos cuantos tragos más, o jarabe o algo así, o una manta más recia y que por lo menos estuviera del todo seca, no como estas que tiene, que huelen a la vez a lluvia y sopa y al sudor de las pesadillas que le esperan. Coloca como mejor puede cartones y periódicos, y se arropa hasta la orejas encogiendo las piernas todo lo que puede. Como un niño, teme el miedo que todavía no siente, los monstruos y temblores que sabe que vendrán porque anidan ahí, justamente en el alma de sus noches, en la oscuridad de los pliegues de sus sesos.
Hasta que sus mantas no estaban ya ardiendo no se dio cuenta de nada, ni percibió el olor a gasoil ni los oyó llegar, su piel recibió a gritos ese dolor desconocido, el chillido insoportable de cada centímetro de sí mismo. Se puso en pie como pudo, pero volvió a caer. Desde el suelo vio a media docena de chavales con el pelo al cero y botas de soldado, algunos huían ya mientras, a voces, apremiaban al resto; otros, los más decididos, se demoraban en los últimos insultos y escupitajos, alentaban el fuego con las mismas canciones que el maestro de su pueblo le había hecho aprenderse a Eladio de memoria para cuando salían a izar bandera al patio del colegio. |
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