Emilio Pascual
AL AMOR DE LOS LIBROS
Emilio Pascual es un editor de raza. Lleva casi un cuarto de siglo en el grupo Anaya, la mayor parte de ese tiempo en el área de infantil y juvenil, y últimamente como director de la prestigiosa colección Cátedra. Es, además, escritor; y ahora mismo tiene novedades en ambos campos, como editor y como escritor. Como editor, la Biblioteca Áurea, un proyecto largamente incubado, de esos que no salen todos los lustros, que pretende poner al alcance de un lector medio culto las obras completas de los grandes autores de la literatura universal. Como escritor, la novela El fantasma anidó bajo el alero (Anaya).
 
 
 
Por dónde quiere que empecemos, ya que todos eran sus hijos? Es verdad. Se editan dos tipos de libros: los que se hacen por una especie de automatismo, y los que tienes que imaginar y crear, y a los que ves nacer. La Biblioteca Áurea pertenece al segundo tipo, la he hecho con mis propios pulgares, como dijo Ginés de Pasamonte. Estos libros los he acunado, y en ese sentido son muy propios.
Empecemos, pues, por la Biblioteca Áurea, un proyecto antiguo que, por serlo, ha sido posible; porque hoy, dice usted, habría sido imposible.
No me quiero poner apocalíptico, pero vivimos otros tiempos. Ha crecido desmesuradamente el número de libros que se publican, pero han bajado las tiradas; y está apareciendo una figura que antes era impensable, la impresión bajo demanda, que implica unas tiradas minúsculas. Esta colección se pensó en un momento especialmente abonado, y sacarla a la calle es cumplir un viejo sueño.
Una idea básica de esta colección es llegar a un público amplio.
Sí, quiere ser una colección que se pueda leer en el metro y que, a la vez, sean libros que se tengan de pie en el estante. Por eso llevan una cantidad de notas que nos parece la adecuada, las justas para entender el texto.
Por otra parte, son libros que, aunque en parte salgan del fondo de la editorial, incluyen novedades interesantes.
Lo del fondo es cierto, sería tonto no aprovechar lo que tenemos en casa; por ejemplo, Stevenson, pero aun así hay cosas no aparecidas que hay que traducir. Hay traducciones novedosas, como las del ecuatoriano Espinosa Pólit de las Geórgicas y las Bucólicas de Virgilio, que aparecen por primera vez en España. Y hay novedades, como las ilustraciones de la Eneida de Brand, de 1502, convertidas en clásicas e inéditas en España, o los poemas de La Boétie, que acompañan los Ensayos de Montaigne, o la explicación acerca de todos los personajes que aparecen en Sherlock Holmes, que constituye una lectura en sí misma. También el hecho de que la poesía vaya siempre en edición bilingüe.
La Biblioteca Áurea es lo más reciente, pero usted lleva años dirigiendo otra colección esencial de literatura no simplemente juvenil, aunque dirigida a los jóvenes, la colección Tus Libros.
Sí, y a la sombra de esa literatura juvenil me permito licencias como editar el Viaje a la luna de Cyrano de Bergerac. Determinados autores pueden viajar de una colección a otra sin rubor, y algunos van a pasar de Tus Libros a Biblioteca Áurea. Editar un libro para un adolescente, anotado a su nivel, es como hacerlo para un lector medio no especializado. Biblioteca Áurea pretende poner las obras maestras de la literatura al alcance de quien no llega a otro tipo de ediciones. Ya sé que un lector medio no va a leer a Virgilio en latín, pero lo tiene ahí y no le molesta.
Bien, vayamos a su novela más reciente, El fantasma anidó bajo el alero. Antes de nada, ¿usted sólo escribe cuando le visita el fantasma, vale decir la inspiración?
Sí; yo que no soy escritor profesional en el sentido de escribir con un horario, me tengo que retirar cuando me visita el fantasma. Esta novela está escrita en tres retiros en un monasterio; así que puedo aceptar la idea de la inspiración. Tampoco me preocupa lo de no ser un profesional. Escribo cuando creo que algo está maduro. Así he escrito tres libros en cinco años y uno más que está prácticamente inédito.
Al fondo de esta novela está la guerra civil. Alguien dirá que todavía.
Los que tenemos más de cincuenta años hemos vivido una época como la que se describe en la novela, una sociedad que ya no existe pero en la que todavía llegan ecos de la guerra. Yo quería que esta novela fuera un elogio de la literatura oral, igual que Días de Reyes Magos lo era de la literatura escrita. Me interesaba unir la historia personal de alguien que, con riesgo de su vida, va a despertar al que duerme por medio de la literatura oral, de esos cuentos que te trastocan, con la de ese niño que escucha los cuentos. Eso es lo que me interesaba especialmente. La guerra está al fondo porque esa época era así.
Igual que en las colecciones que dirige, no parece que su novela distinga claramente entre literatura para jóvenes y para adultos. ¿A quiénes se dirige, en su opinión?
Llevamos años intentando definir lo que es literatura juvenil y no lo conseguimos, en realidad no sabemos ni qué es literatura. Ésta es una literatura fronteriza que puede leer cualquiera. No sé si existe literatura juvenil, pero sí sé que existen determinados libros cuya edad idónea de lectura es la juventud. Stevenson es un autor sin edad, pero sus novelas sí tienen una edad de primera lectura estupenda; como la primera vez que lo lees ya no vuelves a leerlo. En ese aspecto, este libro tiene dos lecturas: la adulta, y ya he tenido reacciones conmovedoras de quien reconoce lo que hay debajo; y la de quienes ven muy lejana la guerra, pero ven la aventura interna de quien decide despertar a su nieto y abrirle los ojos a la vida, a las estrellas, a los libros.
La novela está salpicada de juegos verbales, de referencias literarias, de humor y amor a los libros.
No sé por qué hemos cometido algunas torpezas con los niños y adolescentes, como el ir detrás de ellos cuando hay que ir delante. Ahí no he hecho concesiones; hablo como hay que hablar, y si hay una palabra que se supone que el lector joven no entiende, se explica. Pero no rebajo el lenguaje. A los niños no hay que hablarles de flores o de pájaros, hay que decirles caléndula o estornino o vencejo, y así se enriquecen. Si al perro le llamamos guau guau, tú me contarás.
Pero no me refería sólo a la riqueza del lenguaje de la novela, sino a lo que tiene de libresco en el buen sentido.
Es verdad que está llena de literatura, pero la literatura siempre se ha hecho sobre literatura anterior, igual que las ciudades se han construido sobre ciudades anteriores, qué pretensión de originalidad vamos a tener. Eso es algo en lo que creo profundamente. Y ahí está también la gracia de la búsqueda, de excavar en busca de un título que aparezca en la novela. Eso me parece bueno en sí; por eso hay cosas que, deliberadamente, no se explican; para que el lector prosiga la búsqueda.

Ángel Vivas

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