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GEOFFREY PARKER |
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Discípulo del gran hispanista
J. H. Elliott, Geoffrey Parker lleva años estudiando la época de Felipe
II. Su biografía del monarca ha sido seleccionada como uno de los treinta
títulos representativos de un catálogo de varios miles. Su trabajo
más reciente aborda la estrategia del Rey como dirigente de un gran imperio.
Hoy, que la figura de Felipe II está siendo vista de un modo más favorable
por muchos historiadores, Parker sigue mostrándose crítico.
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| Acaba este año 98
de tantas conmemoraciones. Mientras nos preparamos para otros centenarios (Velázquez,
Borges, en el 99; Carlos V en el 2000) puede ser buen momento para recapitular lo
que ha dado de sí uno de los centenarios más sonados, el de Felipe
II. Antes que cualquier otra consideración, hay que felicitarse porque al
Rey Prudente se le ha recordado del mejor modo posible, con nuevos estudios sobre
su persona, con ciclos de conferencias y con exposiciones de alto nivel. Geoffrey Parker, historiador inglés que lleva años ocupándose del monarca, ha sido un participante activo. Hace poco más de un mes, sacó un nuevo libro, La gran estrategia de Felipe II (Alianza), e intervino en la Semana Marañón, dedicada a Antonio Pérez, en un animado debate con su colega Henry Kamen, al que asistió S.M. la Reina. Puede decirse que, actualmente, Kamen y Parker encarnan las visiones históricas más opuestas acerca de Felipe II. El primero está en una línea claramente benévola; Parker es mucho más crítico. Pero esto no siempre ha sido así. Si Kamen era antes más duro con el Rey (el historiador Antonio Elorza sintetiza ese cambio en la frase Kamen contra Kamen), Parker también ha mantenido antes posturas más favorables a Felipe II. Yo le recuerdo a usted en un curso de El Escorial, en el verano del 88, junto con su maestro Elliot, defendiendo claramente a Felipe II. Así es. Lo que ocurre es que, con los años, hemos visto muchos cambios y hoy soy menos tolerante con las cosas del poder. También el haber pasado dos años como director de un departamento de Historia y haberme acercado un poco al poder, creo que me da más capacidad para ajustarle las cuentas a otros. Todo el mundo necesita un patrón, y el problema con los reyes y los dictadores es que no lo han tenido; Felipe II sólo era responsable ante Dios. Pero como tenía tanta confianza en que sus metas eran las mismas de Dios, tampoco era muy responsable. Por ejemplo, él estaba convencido de que los muertos de la Armada Invencible iban derechos al cielo, pero yo no lo veo así. Mandar a la muerte a millones de hombres me parece muy mal en cualquier caso. Eso por lo que se refiere a empresas militares. ¿Y en otros aspectos?
Aunque a su muerte, en 1598, el imperio español no había perdido potencia, el inicio de la decadencia ya estaba ahí, era más débil social, económica y demográficamente. Hubo un coste enorme en todos esos terrenos. Dejó los recursos del imperio por debajo de cómo los había encontrado, y eso también hay que tenerlo en cuenta. Si ahora soy menos favorable, no es por hallazgos documentales, sino porque me he vuelto un juez más severo. En estos últimos años hemos visto actos de terrorismo de Estado, como los ataques de Clinton del pasado verano; un problema, a mi juicio, de falta de información. Pero Felipe II, que estaba siempre entre papeles, debía de estar bien informado. Tenía muchísima información y su problema era distinguir entre lo verdadero y lo falso. Creo que Felipe II fue el primer monarca que tuvo que enfrentarse con ese problema precisamente porque hubo una mejora de las fuentes de información. Fue el mejor informado, pero no pudo desarrollar mecanismos para compartir la información. Se ahogaba en un mar de papeles. Hablemos de su libro. Usted sostiene que Felipe II sí tuvo una gran estrategia a lo largo de su reinado. No tengo ninguna duda. Por dos razones: porque no veo cómo pudo funcionar un imperio sin un sistema de valores, como le dijo Kennedy en una entrevista a Isaiah Berlin; y porque, leyendo nueva documentación sobre Felipe II y revisando otras evidencias de que tenía un sistema de prioridades; por ejemplo, la conquista de Portugal se anteponía para él a la recuperación de los Países Bajos. Finalmente, está el testamento de su padre en el que le deja una visión sistemática de las metas y problemas del imperio. Y lo que le falló fueron cosas muy distintas en cada caso. Sí, pero el problema general era que nunca preparó una estrategia de reserva por si fallaban sus planes, por su absoluta confianza en que Dios estaba con él. Se ve, por ejemplo, en la empresa de la Armada Invencible. La Invencible fracasó por razones tácticas y estratégicas, pero, en mi opinión, fracasó esencialmente por razones ideológicas. Esa fe suya es lo que usted llama imperialismo mesiánico. Sí, un término que no le gusta a Henry Kamen, pero yo creo que Felipe II pensaba realmente así. Desde luego todos los monarcas europeos tenían esa confianza en Dios, pero en el caso de Felipe II fue predominante y llegó a ser algo distinto. Ha participado en la Semana Marañón, dedicada a Antonio Pérez, el libro de Marañón que acaba de reeditarse. Uno de los pocos libros de su tiempo que se mantiene vigente. De todo el complejo caso de Antonio Pérez, uno de los episodios más graves fue el asesinato de Escobedo. Usted sostiene que el Rey estaba al tanto del crimen. No hay duda de que lo sabía; él mismo lo confesó años después en un documento en el que habla de las causas que (Antonio Pérez) me dijo que había para matar a Escobedo. Además, no se inició ninguna investigación. En el debate con Kamen recordé un relato de Sherlock Holmes en el que un perro no ladra ante la presencia de un ladrón, y no lo hace porque le conoce. En el caso del asesinato de Escobedo ocurrió algo parecido: el Rey estaba al tanto. Ángel Vivas |
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